No me dan miedo los lazos
emocionales con las personas. Son efímeras, cada una a su manera. Pasan como
una ráfaga de aire fresco en una tarde de esas en las que revienta el
termómetro de calor. Una brisa que te mueve el pelo y te hace sacar una sonrisa.
Una vez que pasan te toca la ardua tarea de olvidarlos, de volver al calor.
Pero se acaba aceptando. Quizás pasando en
algún momento.
Pero los vínculos con las cosas,
esos no se acaban, ni se olvidan, ni se borran,
ni se destruyen… Sienten la llamada. Con toda la fuerza. Nunca olvidaremos una calle, una ciudad, una canción,
un bar, un sabor e incluso un olor. Y lo peor es que no podemos controlar cómo
aparecen. Yo por ejemplo nunca más podré escuchar “Flashlight” de Jessie J.,
tampoco miro igual cuando suena “La llamada” de Leiva o se me hace cartón en la
boca cada vez que como macarrones. Tampoco creo que me sienta igual cuando
vuelva al “Pasadena” en Cáceres o si alguna vez vuelvo a subir a Monserrat o a
fotografiar Barcelona desde Montjuïc. Esa calle de Trujillo por la que evito
pasar. Los lacasitos. La lasaña. Las uñas rojas. O ese apelativo cariñoso por
el que solías llamarme.
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Cause you're my flashlight |
Porque cuando todo acaba ¿qué
hacemos con lo que queda? Pero no con lo que hay alrededor sino con lo que
tenemos dentro, que aparece cuando menos esperamos y amenaza con arruinarnos
una excursión, una comida, una tarde de lluvia o una noche de sábado.
Los domingos escribo porque me
siento melancólica. Y hoy más porque llueve. Me ha dado por pensar (creo que
más de la cuenta) qué será lo próximo que se me contamine con esos recuerdos,
qué será lo próximo en lo que yo ponga todo mi corazón y falle, qué canción
borraré de la lista (ya te digo yo que “Con las ganas” de Zahara no será) y
cuánto tiempo tardará en golpear de nuevo la larga lista de sentimientos que
aparecen cuando una menos lo necesita, cuando menos preparada se siente.
Quizá todo sea por la culpa del
valor que le ponemos a las cosas, por nuestra necesidad de llenarlas de cariño,
amor o alguna extraña pasión inusitada que dure un minuto y nos persiga el
resto de la vida.
Que para esto no hay remedio, ni
consuelo, ni palabras bonitas. A lo mejor solo tenemos que respirar profundo
esperando que el siguiente golpe no duela tanto.
María.
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