jueves, 6 de septiembre de 2018

Carta a Hermione

Sin venir a cuento ni con razones de por medio, quiero dedicar unas palabras a Hermione. 
A esta pequeña muggle capaz de traspasar barreras, fronteras y corazones. He de decir que Hermione somos todos. Alguien común, normal (pero no normativo). Hermione fue una pequeña muggle que consiguió superarse a ella misma, reinventarse, quererse y respetarse, por encima de todas las cosas. 
Ya no es su inteligencia, su coraje, su lealtad, su sentido común, su valor... Datos que sabemos de sobra que la definen, sino que lo que le hace grande a Hermione es que ella vino de la nada (quizás) como venimos todos y ella nunca se rindió. Como todos ella tuvo miedo, ella se sintió incomprendida, el bicho raro, infravalorada, echada a un lado. Hermione fue carne de cañón desde el minuto cero: fue rechazada por sus compañeros porque era una mujer inteligente, fue acosada, secuestrada y marcada por sus orígenes, que ella nunca escondió, también fue puesta en duda como mujer al no creer que pudiera llevar a alguien al baile (damn, Ronald) y siempre tuvo que luchar por aquellos a los que quería. 
Por favor, que levante la mano quien se sienta identificado con algo de esto. Sea hombre o mujer. Hermione nunca se rindió. Y eso que, bueno, un troll con mocos casi le aplasta, un basilisco la petrificó, tenía que aguantar a Harry y a Ron, le pegó a Malfoy y hasta se hizo pasar por la fucking Bellatrix Lestrange y no le tembló la varita. Ella, una chica común, una chica cualquiera que puedes ser tú o puedo ser yo. Hermione nos enseñó que la amistad es importante y que no está en los libros, pero que allí hay mucho más. De ahí el consagrado mantra de "Sin Hermione Harry no hubiera pasado del primer libro" porque suerte que Hermione atiende en Herbología. 
Ella fue el verdadero pegamento y junto con ella encontramos a todas esas grandes mujeres. Gracias Ginny, Molly, Luna, Lilly, McGonagal. Pero gracias a ti Hermione por enseñarnos a aprender, a pensar, a razonar, a querer, a proteger, a defender, a luchar, a reír, a llorar, a que no hay que coger pelos de gato para la poción multijugos... Gracias por enseñarnos que Adivinación es ridícula porque solo cuenta el aquí y el ahora, que si quieres hacer algo imposible como estudiar 500 asignaturas te buscas la manera de lograrlo, que eres la salvavidas del grupo porque tú te salvas sola, que siempre vas a tener el hombro de tus amigos y que nada ni nadie te define mejor que tú misma... pero sobre todo por decirnos que es leviOsa y no leviosÁ.




lunes, 13 de agosto de 2018

Vertical y transversal.


En realidad sí que nos gustan los cambios.
Lo que no soportamos son esos momentos de transición e incertidumbre.
Donde todas las posibilidades están abiertas a suceder.
Donde la probabilidad es una vieja enemiga que te lleva a pensar, a retroceder, a tambalear, a desplomar.
No podemos manejar la alternativa. Queremos certezas. Queremos fines (que no finales) y no los queremos a medias.
A veces, nos dejamos llevar hacia el instante. Estirando lo efímero.
Creyendo que nunca más te volverás a sentir así. O mejor, que nunca más te volverás a hacer sentir así.
Estamos en la cresta de nuestra propia ola pero ya hay algo que nos dice que esperemos la caída. Que abramos los ojos.
La realidad es esa transición.
Lo que queda entre
Y
¿yo?

viernes, 6 de julio de 2018

Para esa persona que no está y nunca estará.


Hola. Bueno, tú esto no lo vas a leer porque te vas a olvidar de mí y no pasa nada... era la decisión. Me gustaría decirte que encontré el anillo, que cuando te fuiste estuve esperando en el ascensor por si dabas la vuelta. Que salí al portal con el frío que hacía a ver si seguías ahí. Pero te tenías que ir. Y que cuando subí todavía me olían las manos a ti, porque me las habías estado agarrando. Guardé ese olor todo lo que pude. Pero era lo mejor para los dos. También me gustaría decirte que molas un montón, que me gusta tu flequillo y que, no lo sabes, pero me sacaste un poco de la mierda de día en el que estaba metida. Me hiciste darme cuenta de muchas cosas en una sola noche. De que eres tan como yo que casi asusta, aunque yo sea una opositora blandita. Siempre recordaré esta noche con una sonrisa aunque me diera todo el coraje del mundo no poder besarte. Pero yo no soy así y quiero creer que tú tampoco. Me encanto nuestra forma de chocar las manos y créeme, te habría ganado a cualquier cosa… Pero tampoco podría pedirte nada sabiendo el futuro que me espera, ya sabes, eso del puesto 53 que no me he atrevido a decirte. Que tenías toda la razón del mundo en todo y que te odio y que esto habría sido muy bonito, coño. Pero seguro que en otro lugar, en otra vida, en otro momento… Hoy y siempre recordaré esta noche, en serio, ha sido simplemente perfecta, quizás porque sabíamos que se iba a acabar y que cuando cruzaras mi puerta ya estaría todo sentenciado. Cada momento de esta noche ha sido mágico y solo puedo darte las gracias. Eso y cagarme en ti del constipado que voy a tener mañana. Pásatelo bien en la vida y sé feliz. Ambos seremos felices.
No podrías haberme regalado una noche más mágica, más de película… Serendipity. Cuando mi lado cursi habla… Por eso he decidido ponerlo todo aquí.
Ah y que sepas que llegué y me puse a hacer un ejercicio de la academia y fui de empalme. Y que menos mal que te fuiste porque me moría de ganas de besarte y seguro que hubiera sido un beso perfecto. Volveré a querer pensar que sí.
De hecho... aún me pregunto dónde estarás.

lunes, 23 de abril de 2018

Are you shining just for me?


La vida es como el final de La La Land. Se apagan las luces, se acaba la música, se baja el telón y toca despedirse.
Después de otro día de sol en la ciudad de la estrellas te preguntas si esta encantadora noche seguirá brillando para ti mucho más tiempo.
Si esta vista que compartes ahora es con la persona correcta.
Seguro que sí, piensas. Ellos también lo pensaron y puede que en algún instante preclaro fuera así. Y luego viene esto:
“- ¿Qué pasa con nosotros? – le preguntó Mia viendo que quizás todo lo que había dicho no sentir, sí que lo sentía en realidad.
- Tú te vas y tienes que entregarte por completo a tus sueños – él, Sebastian, siempre había sido así. Arrastrándola como una ola hasta descubrirse a ella misma, con todo lo que implicaba. Esta vez no sería diferente.
-Yo te voy a querer para siempre – susurró Mia.
- Yo también te voy a querer para siempre.”
'Cause all that I need is that crazy feeling.

Y llega el momento de abandonar el teatro vacío y de despedirse. Y yo, con estos pelo de loca y sin saber (o querer) decir adiós. Siempre he tenido problemas de geografía personal*. De estar lejos de las personas.
Nunca sé despedirme de ti, siempre me quedo
con el frío de alguna palabra que no he dicho, 
con un malentendido que temer, 
ese hueco de torpe inexistencia 
que a veces, gota a gota, se convierte 
en desesperación.
Yo frente a tu puerta, blanca. No sé qué más decir pero no me quiero ir. He dicho ya treinta veces “pues me voy a ir”.
Nunca se despedirme de ti, porque no soy 
el viajero que cruza por la gente, 
el que va de aeropuerto en aeropuerto 
o el que mira los coches, en dirección contraria, 
corriendo a la ciudad 
en la que acabas de quedarte. 
Pero aquí sigo, como esperando a que me pidas que no me vaya, ni hoy ni nunca. Que me quede, sea donde sea y que vayamos a cualquier otra parte.
Nunca sé despedirme, porque soy 
un ciego que tantea por el túnel 
de tu mano y tus labios cuando dicen adiós, 
un ciego que tropieza con los malentendidos 
y con esas palabras 
que no saben pronunciar. 
No saben pronunciar “5 minutos más”, “un capítulo más”, “una vida más contigo y ya estaría”. Acercarme, quizás, robarte un beso. No el último, solo uno más.
[…] 
nunca puedo alejarme de todo lo que eres. 
En un hueco de torpe inexistencia, 
me voy de mí 
camino a la nada.
Pero ¿la vida dará tantas vueltas para a ir a cualquier otra parte?


 * Poema "Problemas de geografía personal" de Luis García Montero, Completamente viernes (1998)

domingo, 15 de abril de 2018

Y después...


No me dan miedo los lazos emocionales con las personas. Son efímeras, cada una a su manera. Pasan como una ráfaga de aire fresco en una tarde de esas en las que revienta el termómetro de calor. Una brisa que te mueve el pelo y te hace sacar una sonrisa. Una vez que pasan te toca la ardua tarea de olvidarlos, de volver al calor.
 Pero se acaba aceptando. Quizás pasando en algún momento.

Pero los vínculos con las cosas, esos no se acaban, ni se olvidan, ni se borran,  ni se destruyen…  Sienten la llamada. Con toda la fuerza. Nunca olvidaremos una calle, una ciudad, una canción, un bar, un sabor e incluso un olor. Y lo peor es que no podemos controlar cómo aparecen. Yo por ejemplo nunca más podré escuchar “Flashlight” de Jessie J., tampoco miro igual cuando suena “La llamada” de Leiva o se me hace cartón en la boca cada vez que como macarrones. Tampoco creo que me sienta igual cuando vuelva al “Pasadena” en Cáceres o si alguna vez vuelvo a subir a Monserrat o a fotografiar Barcelona desde Montjuïc. Esa calle de Trujillo por la que evito pasar. Los lacasitos. La lasaña. Las uñas rojas. O ese apelativo cariñoso por el que solías llamarme.


Cause you're my flashlight


Porque cuando todo acaba ¿qué hacemos con lo que queda? Pero no con lo que hay alrededor sino con lo que tenemos dentro, que aparece cuando menos esperamos y amenaza con arruinarnos una excursión, una comida, una tarde de lluvia o una noche de sábado.

Los domingos escribo porque me siento melancólica. Y hoy más porque llueve. Me ha dado por pensar (creo que más de la cuenta) qué será lo próximo que se me contamine con esos recuerdos, qué será lo próximo en lo que yo ponga todo mi corazón y falle, qué canción borraré de la lista (ya te digo yo que “Con las ganas” de Zahara no será) y cuánto tiempo tardará en golpear de nuevo la larga lista de sentimientos que aparecen cuando una menos lo necesita, cuando menos preparada se siente.

Quizá todo sea por la culpa del valor que le ponemos a las cosas, por nuestra necesidad de llenarlas de cariño, amor o alguna extraña pasión inusitada que dure un minuto y nos persiga el resto de la vida.
Que para esto no hay remedio, ni consuelo, ni palabras bonitas. A lo mejor solo tenemos que respirar profundo esperando que el siguiente golpe no duela tanto.

Con toda la fuerza



María. 

martes, 27 de marzo de 2018

SIEMPRE REINARÁS

Hoy me he ganado a mí. No necesito nada más. No estoy perdida. No me voy a quedar sola porque me tengo a mí. Sí, quizás siga teniendo esa sensación de vértigo en el estómago.
A ti, que al igual que yo estás al borde del abismo te digo, siempre te quedará tu fortaleza. Tú. Tus creencias, tus actos y tus valores. Tus ganas de apostar por todo contra todo pronóstico. De aportar por ti. Porque te has cansado de que nadie apueste por ti pero déjame decirte una cosa: no eres un premio que se gane. La única persona que decide eres tú. Siempre te queda tu lealtad a ti misma. Porque cuando yo escribo esto no pienso solo en mí, pienso también en otra gente.
Hoy he decidido. He decidido que siempre reinaré. Porque soy fabulosa cuando decido por mí misma, cuando tomo el control y cuando tomo esas decisiones que están ahí pero que nadie se atreve quién sabe por qué. Eres fabulosa cuando no tienes miedo. Cuando decides hablar y decir lo que piensas. Cuando te has cansado de callar y dudar y de presuponer. Cuando has agotado todos los "y si..." y coges el toro por los cuernos y decides tú por todos. Decides por ti. Cuando decides ser escuchada y no tienes ningún miedo a decirlo todo, a sentirlo todo, a demostrarlo todo porque eso no es ser valiente sino sincero.
Y me dio miedo al principio comenzar a ser así pero no voy a tener miedo nunca más. No quiero tener miedo de lo que siento, ni en decirlo, ni en demostrarlo. Me da igual a quién. Ni a mí misma.
El miedo es de cobardes y yo no he venido a callar y ser cobarde. Mis muros se han roto, por fin ya no finjo, no hay máscaras, ni partes ocultas de mí, ni caparazones que me protejan.
Una persona, me da igual si hombre y mujer, valiente que sabe lo que quiere y que lo consigue.
Por si algún momento se te olvidó, a ti, que me lees al otro lado de la pantalla y que quizás es lo que necesitas escuchar: AUNQUE TÚ NO LO SEPAS SIEMPRE REINARÁS.
Nunca es tarde para empezar y por si no te has dado cuenta: Eres, te bastas.
Y seguro que volverás a caer pero no tienes la necesidad de sentir miedo nunca más. Quizás puedes sentir incertidumbre, desconocimiento, fracaso... pero eso también pasará y nada ni nadie podrá cambiar lo genial que tú eres.
No te aferres a una realidad paralela, no te conformes con las migas, no mendigues cariño de nadie, no hagas aquello que no sientas, vive la vida entera, grita a pleno pulmón qué es lo que quieres. Tú sabes qué quieres. Todo empieza en ti. Eres ese pececillo que se pierde entre la multitud pero hoy ese pez BRILLA.
Con luz propia,
No por nadie. No gracias a nadie.
Gracias a él mismo.
La luz no me ciega, no me voy a callar. Voy a hacerme oír siempre, no por el hecho de saber qué piensan los demás sino por el simple hecho de reconocer que yo también tengo voz.
Y tacho el día de hoy en el calendario como "Día 1 del resto de mi vida" donde el mundo me va a conocer, va a saber quién soy. Va a saber quién eres tú, que también quieres brillar.
Nunca más me quedaré atrás, nunca más me quedaré donde habita el olvido. Nunca más someteré mi vida a otras vidas, nunca más me compararé. Los únicos ojos que tendré como horizonte serán los míos.
Porque ya puedo respirar tranquila por el simple hecho de ser valiente y tenerme, de existir, de levantarme cada mañana y ponerme mi mejor sonrisa o incluso si no quiero sonreír sé que todo está bien. No hay nada más que temer. Y el resto del mundo puede arrepentirse de todo, dolerse, acojonarse pero yo no.


viernes, 5 de enero de 2018

2018 looks like...

“Que la vida iba en serio/ uno lo empieza a comprender más tarde”, escribía Gil de Biedma.  No, una se da cuenta al final pero no del camino si no de cada etapa. Al cerrar otro episodio y perder la vista atrás, en cada recóndito lugar de la memoria. La vida siempre ha ido en serio. “Tendrás amigos, tendrás amor” y siguiendo a Goytisolo tendremos muchas cosas más. Unos días más, otros menos. Tendremos risas y llantos, tendremos aventuras y desventuras y miles de historias que contar, no a los nietos, sino a quién quiera escucharlas. Tendremos siempre algo que decir, eso es señal de que estamos viviendo, pero también algo que callar, esto es señal de que estamos todavía en el camino. Tendremos luces de bohemia y sombras en el viento. Idas y venidas… Demasiadas y mal vamos si no las tenemos. Y descarta la idea de un futuro planificado.
Pero sobre todo que no nos dé miedo a cerrar etapas. No podemos avanzar en el camino si nos quedamos siempre en el mismo lugar. Hay que cambiar, hay que vivir, hay que soñar lo imposible. Entonces, solo así, conseguiremos lo posible. Hay que tener una dosis de realidad guardada para cuando despegamos los pies del suelo y perdemos la cabeza. Y confiar en alguien para que sea tu Pepito Grillo, la voz de tu conciencia cuando la tuya se quede afónica. Y que siempre quede en nosotros una chispa de curiosidad y rebeldía, una llama inconformista que nos haga pensar que podemos cambiar el mundo. Porque podemos. Podemos cambiar nuestro mundo.

Y si alguna vez tropezamos con una, dos, trescientas piedras, recuerda que está permitido caer pero que es obligatorio levantarse. Y si alguna que otra vez pensamos que no hemos conseguido nada, tan solo hay que mirar las huellas que hemos dejado en el camino.


lunes, 13 de noviembre de 2017

Tantas veces me he perdido...

Primero de todo, deberíamos empezar por buscar el botón de apagar los pensamientos. No de bajar el volumen o silenciarlo momentáneamente. No. De apagarlos. De buscar el silencio, la calma, la tranquilidad. De dejar el auto sabotaje y demás vicios autodestructivos. De dejar de pensar y pararte a ver qué quieres sentir. Porque esto va solo de ti. No va de los demás. Y da igual cuántas canciones pases en el reproductor y da igual que se te acaba el mundo andando, intentado despejarte, intentando olvidar que ya nada es como antes. La situación sigue siendo la misma.
Se acaba el baile, se apagan las luces, la gente se va y tú sigues ahí sin saber qué hacer. Parado en medio de la pista porque no puedes avanzar. ¿Te vas a casa? ¿Te quedas? ¿Te pierdes? Normalmente siempre acabamos más perdidos de lo que empezamos. Y dentro de ese desconcierto que es ir dando palos de ciego por la vida llega un momento en el que irremediablemente te das cuenta de que nada va a ser como pensabas, nada será como lo planeaste. No tienes el control y la capacidad para detener ese momento y sentarte a reflexionar. Volvemos al concurrido “todo pasa, nada permanece lo suficiente”. ¿Cuánto es lo suficiente? Y sigues creyendo que el siguiente baile será mejor, que no bailarás solo o que no te importará hacerlo. Y vuelves a perderte pero en ese momento ya no estás solo, hay algo muy doloroso contigo: las ilusiones deshechas. Es así. Es a lo que hemos venido. A rompernos las ilusiones. A pisotearlas. A pegarlas con pegamento y después volver a machacarlas. Hasta a pasarles un tractor por encima.  Vamos con ilusiones y esperanzas por la vida. Como si tú, simple mortal, estuvieras condenado a vagar por el mundo solo con tus ilusiones. Y después, estar condenado a que se rompan, se hagan pedazos delante de ti. Una a una, cada fragmento, cada astilla, cada milímetro como diría Lorca “¡Ay, qué lamento, qué fuego me sube por la cabeza! ¡Qué vidrios se me clavan en la lengua!”. Y tú, sin el botón de apagar. Pobre iluso…
Y lo peor es cuando ya directamente dejas de sentir. Cuando toda tu capacidad de apreciar, sensibilizar o creer en algo se va a la mierda. Cuando todo te da igual. Cuando adoptas esa actitud como escudo, como coraza, como protección hacia los demás porque te has hecho tanto daño tú solo y te has dejado hacer tanto daño que lo único que te queda es esconderte mientras recoges los pedazos y os vais tú y tu nula capacidad para sobrevivir a donde nadie os pueda alcanzar. Es malvivir en un “estoy bien” permanente, con una risa cínica y una actitud de “ven, dime, que todo me resbala, que no vas a poder romperme porque ya estoy hecho pedazos”.
Porque esto no va de nuestros fracasos. Va de nuestra actitud ante las cosas, ante la vida, ante lo que pasa, ante lo que no pasa y ante lo que queremos que pase. Querer, desear, tener, esperar, creer, saber que no. Porque todo está lejos: las metas, las personas, los sentimientos, el mando de la tele, la contraseña del wifi… Nos pasamos la vida en caminos que no queremos transitar, con herramientas que no sabemos utilizar, con lo indispensable en la mochila y siempre sin batería… y no hablo del móvil.
¿Qué es lo que queremos? ¿Qué queremos de los demás? Y lo que es más importarte, ¿qué queremos de nosotros mismos?
¿Por qué siempre sentimos miedo? ¿Por qué no podemos simplemente apagar? ¿Por qué no podemos cambiar? ¿Por qué no podemos simplemente dejarlo pasar?

¿Qué nos queda cuando no nos queda nada? 

miércoles, 29 de marzo de 2017

Insomnio

Desde que tengo memoria he estudiado las palabras. Pero si son para hablar de lo que siento no me sale ninguna. Aunque tú no lo notes. En mi cabeza suena muy poético y me río. Aunque tú tampoco lo sepas.
Esa preocupación constante vuelve a mí.
El mañana.
¿Qué será de él?
¿Qué es en realidad?
¿Algún tipo de predicción extraña que nunca lograremos alcanzar?
Porque ¿qué es el futuro que aquello todo que toca convierte en pasado?
Derrochamos -sí, como si fuera un grifo abierto- tanto tiempo planeando cada detalle que, cuando llega, solo pasa.
Qué contradictorio que yo diga eso: "solo pasa". Ya lo dije antes. En otras palabras, en otros pensamientos - ahora quizás con un aire más taciturno, como si intentara agarrar la acepción de pasar como correr del tiempo-. Y  fueron como aire. Y se fue. Y como la brisa de primavera en esa calurosa noche estival en la que no puedes dormir, volvió.
Ha vuelto hoy. No sé para qué.



jueves, 13 de octubre de 2016

Aunque tú no lo sepas (muy desmejorado, muy desvariado, muy versionado)

Aunque tú no lo sepas
he soñado que estabas.
Subastaste mis labios
y perdiste la calma.

Disfrazabas madrugadas
de noches en blanco y negro
con olor a marea
y en la ventana, solo invierno.

Aunque tú no lo sepas
me acostumbré a tu espalda,
ese hueco vacío
donde el mar está en calma.

Y aunque tú no lo sepas
he querido tocarte
como lo hacen las almas:
sin razón, con calor,
para que no te vayas.

Para que al despertar
mis manos sigan calientes
y tu pecho sea mi almohada.
Para que al despertar,

nunca llegue mañana. 

María, 13/10/2016

martes, 4 de octubre de 2016

Por lo menos he aprendido a utilizar "sino" y "si no"

A la tercera semana de estudiar oposiciones perdí la fe en todo lo que podía dar de mí. ¿Qué iba a ser yo sino un comentario mal redactado y un tema donde las máximas de Grice vuelven a estar equivocadas por enésima vez? ¿Qué iba a ser yo más allá de esquemas inconexos y un soneto de Quevedo o un alma en oferta que nunca se vendió? ¿Quién iba a ser yo que ahora medía el tiempo en temas y no en momentos? ¿Por qué ahora era una competidora, una opositora? Todo debía comenzar cambiando el nombre de ese ridículo examen sobre cuestiones y conceptos que llevamos trabajando y defendiendo desde antes de tener dientes de leche. Oposiciones, oponer, oponerse. Oponerse a todo lo demás con tal de conseguir una plaza. A veces, ese resultado deshumaniza a las persona. Podríamos empezar por llamarlo “Intento”. Así podríamos decir:
- ¿Qué haces?
- Hago el Intento.
El intento de vivir mejor, el intento de aprender más, el intento de conseguir un futuro mejor y deberíamos crear un lugar en el que la cantidad de intentos que hayas experimentado mida el conocimiento, la experiencia, la creatividad… y no al revés. Y no de por sí darnos en las narices con un término bélico como “opositor” que bien podría llamarse oponente o enemigo. Deberíamos ser intentadores. Si afrontamos este paso desde otra perspectiva quizás podamos sobrellevarlo mejor. Intentadores valientes que se enfrentan a no tener las cosas claras pero que lo intentan, que no saben si  esto será lo suyo pero que lo intentan, que no tienen ni idea de cómo sorprender al tribunal pero que lo intentan.
Y esa es otra. El tribunal. El tribunal de justicia que yo me imagino con peluca blanca y toga negra, con una mazo más grande que mi cabeza para aporrearme con ella al primer laísmo. La mayoría entra en pánico al intentar encontrar la manera de destacar, de ser único, de llevar una señal en la frente que diga “soy yo y no otro”. Y es que, en vez de ser un tribunal así a secas, deberían llamarse “consejeros”. Consejeros del saber que te escuchan dar lo mejor de ti -  salvando el régimen de nervios comprensible- y que, en vez de juzgarte, simplemente te hagan una serie de recomendaciones con un sincero “inténtalo mejor el año que viene”. Porque a nadie le gusta saber qué hace mal… Pero claro, supongo que a ellos tampoco les gusta el papel de malos, aunque alguien tenga que hacerlo.
Desde el primer momento se nos lleva de la mano por la arena del Coliseo de la vida, siguiendo unas huellas que ya recorrieron muchos antes pero cuando esa mano desaparece y solo quedas tú ante la arena piensas en por qué el resto del mundo se ha vuelto unos leones y tú sigues siendo ese pececillo que se pierde entre la multitud. Ese pececillo que no puede retener un tema de memoria pero que sabe en qué año se celebró el I Congreso de Lingüística en La Haya, aquel pececillo que ignora a Quevedo –con todo el respeto- para descomplicarse la gramática ella sola. Aquel pececillo que entiende sus limitaciones y piensa las posibilidades de supervivencia en un año que no se acaba… Un año que más que en vez de personas se nos trata como penitentes, como presos de una cárcel con ración extra de apuntes. Donde no hay fines de semanas, ni fiestas, ferias, puentes o vacaciones… ¿De verdad se cree la gente que eso es sano? ¿Qué ese es el camino para llegar a conseguir algo en la vida? Empollarte 72 temas, preparar una programación, hacer un comentario sobre vete tú a saber qué rebuscado texto de la literatura española para optar a 40 plazas entre 8000 candidatos… ¿Con qué ratio mides el resto de valores, posibilidades e inteligencias de esas 8000 personas?
Pero no hablo más que me enciendo y esta es solo la primera sesión de una filóloga renegada, ex doctoranda en apuros y, ahora, Intentadora desprovista de fe. 
Porque a mí me han soltado en la arena y hay tantos caminos que me da miedo no saber a dónde tirar. ¿Y si El Intento no es para mí? ¿Y si el Doctorado tampoco? ¿Y si termino siendo a los 30 una Bridget Jones de pueblo que no ha cotizado un euro en su vida? ¿Y todos los lugares a los que quiero ir? ¿Todos los museos que quiero ver? ¿Todos los cuadros que quiero pintar? ¿Todas las mañanas que quiero dormir y todas las noches que quiero perder? Ahora están detrás de una montaña de 72 temas. Bueno perdón, 63.

miércoles, 27 de julio de 2016

Me vuelves Lorca

Me vuelves Lorca
y construyo poemas con los suspiros
que dejas escapar
cuando no te veo, cuando no te espero.
Me vuelves Lorca
y cuento los decimales de un deseo
que se queda en el aire
porque estaba flotando, porque estaba indefenso.
Me vuelves Lorca
y pienso en la respuesta
a la muda pregunta de tus ojos,
de tu risa, de tu despertar interminable.
Me vuelves Lorca
y siento la libertad;
ese flujo dulce de brisa fresca
que planea entre la distancia,
del ir y venir de los besos fugaces
que se esconden en los libros de poemas:
sin dueño, con rumbo, sin techo, con sueño...

jueves, 7 de julio de 2016

Para Marta. Siempre :)

“Que la vida iba en serio/ uno lo empieza a comprender más tarde”, escribía Gil de Biedma.
No, una se da cuenta al final pero no del camino si no de cada etapa. Al cerrar otro episodio y perder la vista atrás en cada recóndito lugar de la memoria.
La vida siempre ha ido en serio. “Tendrás amigos, tendrás amor” y siguiendo a Goytisolo tendremos muchas cosas más. Unos días más, otros menos. Tendremos risas y llantos, tendremos aventuras y desventuras y miles de historias que contar, no a los nietos, sino a quién quiera escucharlas. Tendremos siempre algo que decir, eso es señal de que estamos viviendo, pero también algo que callar, esto es señal de que estamos todavía en el camino.
Tendremos luces de bohemia y sombras en el viento. Idas y venidas… Demasiadas y, mal vamos, si no las tenemos. Y descartad la idea de un futuro planificado.
Pero sobre todo que no nos dé miedo a cerrar etapas. No podemos avanzar en el camino si nos quedamos siempre en el mismo lugar. Hay que cambiar, hay que vivir, hay que soñar lo imposible; entonces, solo así, conseguiremos lo posible.
Hay que tener una dosis de realidad guardada para cuando despegamos los pies del suelo y perdemos la cabeza. Y confiar en alguien para que sea tu Pepito Grillo, la voz de tu conciencia cuando la tuya se quede afónica.
Y que siempre quede en nosotros una chispa de curiosidad y rebeldía, una llama inconformista que nos haga pensar que podemos cambiar el mundo. Porque podemos. Podemos cambiar nuestro mundo.
Y si alguna vez tropezamos con una, dos, tres…cientas piedras, recuerda que está permitido caer pero que es obligatorio levantarse. Y si alguna que otra vez pensamos que no hemos conseguido nada, tan solo hay que mirar las huellas que hemos dejado en el camino.
Pd: Para Marta. Solo ella lo sabe.



Suiza

Sin amor, sin dinero, sin trabajo y sin datos en el móvil... y sin ganas de buscarlos.

Porque todo puede pasar y todo se puede soportar siempre y cuando cuides Suiza.
Suiza es ese estado neutro de la vida que te permite avanzar pero los más escépticos dirán que es pasar de puntillas por la vida. Ese estado inmaterial, intemporal e inmanente a la propia existencia, que no muchos descubren y menos aceptan. Es el estado intermedio por naturaleza, un patrón neutral de las personas que están empezando a quererse, a solas consigo mismas. Y es el punto principal de la vida. Nadie puede evolucionar si de vez en cuando no pasa por Suiza.


El día que nació Suiza corría aire, entraba por la ventana medio abierta de mi salón y eran finales de mayo. Suiza vino con calma, con sensatez y con pizza. Suiza pensó qué era lo mejor para nosotras y en este momento, lo mejor era eso, nosotras. Nosotras solas contra el mundo. 
Así como Suiza logró mantener una posición neutral en la Segunda Guerra Mundial y evitó los conflictos, mi Suiza hace lo mismo. Pasa desapercibida por la vida, atenta a todo pero sin comprometerse, sin implicarse, sin complicarse. Como ese pececillo que se sigue perdiendo entre la multitud. 

Suiza vive al día y no ve más allá del momento. Suiza ha desistido de tenerlo todo bajo control en cualquier momento. Acepta los cambios y trata de entenderlos. Suiza mejora cada día o al menos lo intenta.

Con Suiza todo es tranquilidad: 
Suiza no tiene que competir con nadie. Suiza se quiere por la mañana con su moño-nido-de-cigüeña recién levantada. 
Suiza se quiere cuando se pone ese con un "¿por qué no?"
Suiza se quiere con extra de patatas.
Suiza canta en la ducha 
Suiza admite que tiene defectos y a efectos prácticos, le encantan.
Y se toma un chupito a su salud. 

Suiza se romperá un día. Alguien la romperá y será inevitable que eso pase. Y será maravilloso pero hasta que ese día llegue Suiza será el estado del bienestar donde solo está uno mismo, sin demonios y sin complicaciones.

Y que nadie se atreva a desestabilizar Suiza. 

martes, 25 de noviembre de 2014

Hemos venido a jugar o La Oda al Yogur Caducado.


Descomposición, vacío, soledad... No. No es un poema de Federico García Lorca. Verduras descompuestas que tienen vida más inteligente que tú, vacío dentro de ese cartón de leche de vete tú a saber cuando, soledad de ese triste yogur caducado... Esta es la oda a ese yogur caducado, ese solitario yogur que puebla la esquina de mi nevera. Que me mira. Y le miro. Y se siente excluido porque sabe que recurriré a él cuando ya no me quede nada, ni nadie que me dé de comer; que sabe que le utilizo para satisfacer mis deseos.

Despojado de su dignidad - y de la mitad de su tapa-, recuerda esos días en los que estaba dentro de la fecha de consumo, que tenía amigos unidos por un pack de 4 y se pregunta "¿por qué yo? oh, soy un juguete del destino".

 Sabe que se acerca su final porque ya es final de mes. 

Siente el frío dentro de la nevera. 

El traqueteo del abrir y cerrar de la puerta le mantiene expectante, conservando la ilusión de ser él el siguiente elegido. Pero no.

Abollado por las esquinas. Roto. Herido por dentro.

Hasta las frutas que se muestran en los dibujos lucen mustias, sin brillo, sin ánimo; tan solo acompañadas por una triste gota de agua que gotea en la nevera. 

El frío se cala en su interior, como si pareciera que llora por dentro. 

¡Oh triste yogur, ya está, ya pasó! 

¡El reloj de tu amargo tempus fugit ya pasó, que te voy a comer cuando acabe de escribir esta parida! 

Te relevo de tu mísera posición en la oscura soledad de la nevera para alojarte en el locus amoenus de mi tripita.


 
Recemos a la fortuna para que tu caducidad perecedera no afecte a nuestra amistad y buen rollito. 

viernes, 4 de abril de 2014

Te daré 19 días y 500 noches cada vez que te haga falta.



Que la vida iba en serio
uno lo empieza a comprender más tarde.
(Gil de Biedma) 


El amor es un animal nocturno. 

Todo lo malo de nosotros salió aquellas noches y nos robó lo mejor de nosotros, apagándonos un poco más, arraigando todo lo malo bajo unas raíces invisibles – temidas raíces que, esperemos, no den fruto. Ya hay suficientes hijos de la ira-. 

Eran noches desprovistas de Morfeo, de amor – o quizás había más amor del que pensábamos y por eso llegábamos hasta el extremo de la autodestrucción frente al otro para que nos fiera tal y como éramos, con la esperanza de que se sintiera igual-  y otros fantasmas, que te pillan por sorpresa, con la guardia baja, que si supieran dirían que si es una broma, porque es lo que desean decir. Espalda contra espalda ya no sabemos qué decir cuando ya hemos dicho todo y no de la manera que hablan los amantes, sino con la manera que habla el alma, que sale cuando menos te lo esperas, sin calcular las consecuencias, sin medir las posibilidades de error, el tanto por ciento invisible de normalidad que se evapora cada vez que una lágrima tuya moja la almohada. Y se pierde por ahí.
Noches perdidas que no encuentran el inventario de días que quisimos pasar juntos – eso no venía en el catálogo. Nos quejamos al vendedor pero ya era tarde para las reclamaciones. Quizás aguantaríamos la tormenta… - en las que el eco perdura en la memoria de la cama y resuena, haciéndola fría, extraña. Y el eco de esas noches vacías donde aparece la bestia de ese animal nocturno es como la resaca del whisky barato de la barra del bar de la esquina. Atraviesan tu cabeza como la metralla extraviada de una bimba que no debió estallar – porque ninguno quería que estallara-. Memoria de la cama que olvida pero no perdona, hiriente, dispuesta a recordarte tu humillante humanidad en el peor momento.

Pero con la luz del día el animal se duerme y tú te mueves como un autómata, un poco sin saber qué decir o a dónde ir. Porque a dónde ir si no quieres ir a ningún otro sitio, a ningún otro sitio que no sea a buscar esas lágrimas que se te perdieron en la funda de la almohada y devolvértelas. Acunarte, quizás, entre mis brazos y decirte “tranquilo, estamos bien (puede que no lo parezca). No se lo dices aunque lo sientes y te quedas ahí parada. De repente, tienes que volver a la realidad porque el mundo no te espera. Y tienes que arrancar el cuerpo, gripado, cuyo motor suena desacompasado, no tum-tum… sino tú, tú, tú, tú, tú, tú, tú, tú, tú, tú, tú, tú, tú, tú, tú, tú, tú, tú, tú, tú, tú, tú, tú, tú, tú…
Y te encuentro –aunque no estés conmigo.

Una vez pasada la primera ola de “voy a quedarme aquí tirada” olvido al animal nocturno de la noche y me concentro en no olvidar lo que me resuena dentro, lo que de verdad importa: tú, tú, tú, tú, tú…
Y seguirá ahí para recordarme que las noches nocturnas de animales nocturnos pueden llegar y volver como el huracán en medio del desierto. Pero pasan. Un paso adelante, dos atrás pero pasan. Porque no estamos muy acostumbrados y somos nuevos en esto de intentar querernos en cuarenta días. Porque quizás es solo el principio de demostrarnos que estamos aquí para ayer y mañana.



viernes, 3 de enero de 2014

Divenire.

La vida sin maquillaje y la cruda realidad de cada día. Verlo escrito en todas las caras, en mi cara frente al espejo, incluso en la falsa cara de "todo está bien" que somos expertos en  fingir a cada minuto. Conocer cada día menos el reflejo que me devuelve mi propia proyección a causa de todas las alteraciones, de todos los "no pasa nada", de los "no importa", de los "ya no duele"...

Incompleta. Como un puzzle al que le falta una pieza. Pero ¿qué pieza? El engranaje principal, el mecanismo intrincado que hace que todo cobre vida y empiece a moverse. No a destacar, a sobresalir o a brillar, no,  solo a moverse. Y sentir que no vas a contracorriente de la gente. Pero al fin y al cabo la gente da siempre igual. Siempre ha dado igual porque yo sigo parada. Levantarse pero sentirse siempre dormido, esperando en letargo a despertar, sabiendo que el despertar nunca llega. Con sueño y con mala cara y pensando en qué pensar.

E intentarlo. No llegar nunca. Pero ¿llegar a dónde? ¿Y qué haré cuando llegue? Si ni siquiera sé por donde voy - o por donde debería ir-, a dónde quiero ir, para qué quiero ir. Aunque tampoco sé si quiero quedarme. Y el bright side of life quedó tan lejos que ya no veo los resplandores brillar, ni oigo los silbidos cantarines acompañarme. Porque no voy a ninguna parte ni dejo de ir. Es un continuo devenir.

E intentarlo una vez más. Siempre la última. Siempre me juro que será la última porque cada vez vale menos la pena. La asombrosa fuerza de voluntad que poco a poco va escaseando, que va absorbiendo la oscuridad, a esa ya no la hago caso. Y la aparto cuando quiere volver. A veces la dejo por si me hace compañía pero ambas sabemos que es irreal, que no dura mucho y que no, para nada será la última vez.

Y espero que no te importe que yo me haya rendido una vez más. Eso solo significa que tardaré más en encontrarme.


viernes, 23 de agosto de 2013

Amor del alma de cintura para arriba y amor del cuerpo de la cintura para abajo.



El día que levante la niebla que se vaya ella contigo.
Estoy contigo pero sin ti. Estoy conmigo pero sin mí y ‘el resto del mundo' es una mera formalidad sin importancia.
Sobraba en ti, todo aquello que faltaba en mí pero para despedirme de ti, me sobran las palabras.
Y no saber de la vida más allá de los amaneceres que contamos juntos y no saber de la muerte más allá de los atardeceres que nos separan.
Y, por último, te apagas como el sol a las siete de la tarde. 


"El tiempo imparable
plateará nuestras sienes
y hará de nuestros recuerdos
cenizas y humo" 
I. Serrano, ¿Dónde estarás?