La vida sin maquillaje y la cruda realidad de cada día. Verlo escrito en todas las caras, en mi cara frente al espejo, incluso en la falsa cara de "todo está bien" que somos expertos en fingir a cada minuto. Conocer cada día menos el reflejo que me devuelve mi propia proyección a causa de todas las alteraciones, de todos los "no pasa nada", de los "no importa", de los "ya no duele"...
Incompleta. Como un puzzle al que le falta una pieza. Pero ¿qué pieza? El engranaje principal, el mecanismo intrincado que hace que todo cobre vida y empiece a moverse. No a destacar, a sobresalir o a brillar, no, solo a moverse. Y sentir que no vas a contracorriente de la gente. Pero al fin y al cabo la gente da siempre igual. Siempre ha dado igual porque yo sigo parada. Levantarse pero sentirse siempre dormido, esperando en letargo a despertar, sabiendo que el despertar nunca llega. Con sueño y con mala cara y pensando en qué pensar.
E intentarlo. No llegar nunca. Pero ¿llegar a dónde? ¿Y qué haré cuando llegue? Si ni siquiera sé por donde voy - o por donde debería ir-, a dónde quiero ir, para qué quiero ir. Aunque tampoco sé si quiero quedarme. Y el bright side of life quedó tan lejos que ya no veo los resplandores brillar, ni oigo los silbidos cantarines acompañarme. Porque no voy a ninguna parte ni dejo de ir. Es un continuo devenir.
E intentarlo una vez más. Siempre la última. Siempre me juro que será la última porque cada vez vale menos la pena. La asombrosa fuerza de voluntad que poco a poco va escaseando, que va absorbiendo la oscuridad, a esa ya no la hago caso. Y la aparto cuando quiere volver. A veces la dejo por si me hace compañía pero ambas sabemos que es irreal, que no dura mucho y que no, para nada será la última vez.
Y espero que no te importe que yo me haya rendido una vez más. Eso solo significa que tardaré más en encontrarme.
viernes, 3 de enero de 2014
viernes, 23 de agosto de 2013
Amor del alma de cintura para arriba y amor del cuerpo de la cintura para abajo.
El día que levante la niebla que se vaya ella contigo.
Estoy contigo pero sin ti. Estoy
conmigo pero sin mí y ‘el resto del mundo' es una mera formalidad sin
importancia.
Sobraba en ti, todo aquello que
faltaba en mí pero para despedirme de ti, me sobran las palabras.
Y no saber de la vida más allá de los
amaneceres que contamos juntos y no saber de la muerte más allá de los
atardeceres que nos separan.
Y, por último, te apagas como el sol a
las siete de la tarde.
"El tiempo imparable
plateará nuestras sienes
y hará de nuestros recuerdos
cenizas y humo"
I. Serrano, ¿Dónde estarás?
lunes, 5 de agosto de 2013
De pájaros y política
Seguías ahí. Incluso después de haberte ido, seguías ahí. Como un
recuerdo borroso e incompleto que regresa en el momento más inesperado, en el
menos necesitado. Regresas y yo te encuentro como una pluma, perdida, buscando
a su pájaro que no vuelve porque ya ha alzado el vuelo. Como una pluma
desorientada, sin rumbo preferente, que tiene miedo a caer en soledad.
Y ni siquiera preguntas si puedes pasar, si serás bienvenido otra vez. Sólo llegas y arremetes con todo lo que hay, llevándote la calma por delante -incluso a mí- y desmintiendo ser ese pajarillo indefenso que perdió las alas por alejarse, por adentrarse, por querer atravesar lo naranja del amanecer. Qué curioso fue, que tú, estúpido pajarillo, vuelvas a la jaula de la escapaste y juraste no volver, porque aquello a lo que llamaste "libertad" te ha arrancado hasta el último ápice de tu espíritu anarquista. Pero yo, estúpido pajarillo, no quiero que vuelvas. Llámame traidora, ahora soy yo la de la anarquía en el corazón.
Y ni siquiera preguntas si puedes pasar, si serás bienvenido otra vez. Sólo llegas y arremetes con todo lo que hay, llevándote la calma por delante -incluso a mí- y desmintiendo ser ese pajarillo indefenso que perdió las alas por alejarse, por adentrarse, por querer atravesar lo naranja del amanecer. Qué curioso fue, que tú, estúpido pajarillo, vuelvas a la jaula de la escapaste y juraste no volver, porque aquello a lo que llamaste "libertad" te ha arrancado hasta el último ápice de tu espíritu anarquista. Pero yo, estúpido pajarillo, no quiero que vuelvas. Llámame traidora, ahora soy yo la de la anarquía en el corazón.
martes, 2 de julio de 2013
Think!
Oscar Wilde decía que la moda es una forma de fealdad tan intolerable que es necesario cambiarla cada seis meses. No estaba tan errado.
Ahora bien, yo pienso que la moda, la modernidad no existe. Lo que consideramos relativamente moderno está condenado a pasarse y quedarse obsoleto nada más nombrarlo. Lo moderno es un concepto que sólo existe en el futuro y el futuro nunca llega. Es inalcanzable. Sólo existe en lo innombrable ya que, justo antes de nombrarlo desaparece. Si lo dices se pierde. Se te escapa de las manos.
Sólo cuando lo hemos dejado atrás -y vemos esos pantalones horribles que ahora no nos pondríamos ni aunque nos pagaran- nos damos cuenta de que ha pasado. Sólo cuando un concepto superior se superpone. Así pues, esto es modernidad y como ya lo he dicho este manifiesto ha quedado desfasado.
Los que siguen a la moda siguen a la nada, son esclavos de la neurosis dictada por las grandes franquicias. Quieren que pensemos que no podemos vivir sin eso que nos ofrecen y que encima creamos que estamos guapos con ello puesto.. Cutres, que son todos unos cutres. En fin, no me tireis de la lengua. Este tema necesita más desarrollo y esta noche ya tengo planes. Ahora digo, ¿con qué nos sorprederán dentro de seis meses? Tsss...
Ahora bien, yo pienso que la moda, la modernidad no existe. Lo que consideramos relativamente moderno está condenado a pasarse y quedarse obsoleto nada más nombrarlo. Lo moderno es un concepto que sólo existe en el futuro y el futuro nunca llega. Es inalcanzable. Sólo existe en lo innombrable ya que, justo antes de nombrarlo desaparece. Si lo dices se pierde. Se te escapa de las manos.
Sólo cuando lo hemos dejado atrás -y vemos esos pantalones horribles que ahora no nos pondríamos ni aunque nos pagaran- nos damos cuenta de que ha pasado. Sólo cuando un concepto superior se superpone. Así pues, esto es modernidad y como ya lo he dicho este manifiesto ha quedado desfasado.
Los que siguen a la moda siguen a la nada, son esclavos de la neurosis dictada por las grandes franquicias. Quieren que pensemos que no podemos vivir sin eso que nos ofrecen y que encima creamos que estamos guapos con ello puesto.. Cutres, que son todos unos cutres. En fin, no me tireis de la lengua. Este tema necesita más desarrollo y esta noche ya tengo planes. Ahora digo, ¿con qué nos sorprederán dentro de seis meses? Tsss...
viernes, 14 de junio de 2013
Café y manzanilla.
Mierda.
Me duele mucho el estómago. La barriga, la tripa. Lo que sea. Voy por la calle
intentando andar derecha pero siento una presión dolorosa cuando intento
respirar. Encima hace un calor insoportable. Menos mal que llevo un vestido largo
pero vaporoso, beige. Con siluetas de golondrinas negras dibujadas. Mi
favorito. Y un cinturón que ahora mismo está oprimiendo mi barriga, a reventar
de comida. Me paro un momento, inspiro, espiro, inspiro, espiro… La gente de la
calle me mira un poco extraño y yo hago caso omiso ¡me duele! Saco el móvil de
mi bolso. Llamaré a mi madre. Ella siempre sabe qué me pasa aunque no esté
aquí. Tengo las manos sudorosas, quizás por nerviosismo puro del día tan
ajetreado y el móvil se resbala impactando contra el suelo. Antes de que pueda
agacharme a recogerlo una mano, un tanto pálida, lo coge por mí. Internamente
le agradezco el evitar que me haya doblado pues no creo que mi tripa acepte
semejante grado de flexibilidad sin quejas de ningún tipo. Levanto la mirada a
lo largo del brazo de la mano que me tiende el móvil y lo veo. A esa persona
que creía que no volvería a ver nunca, que ya había guardado en mi memoria como
grato recuerdo de unos días pseudo-felices. Él tiene mi móvil. Lo cojo sin
decir nada, estoy demasiado impactada, no por él si no por mí misma, por la
impresión de volverle a ver, como tantas otras veces he deseado. Él está aquí,
delante de mí. Eso me lleva a preguntarme si me estaba observando de antes o ha
sido solo casualidad. Que pasaba por aquí y simplemente me vio. No sé decir.
Creo que está esperando a que diga algo. No creo en las casualidades.
-
Gracias – murmuro, presa del nerviosismo, ya no solo por el ajetreado día sino
por tenerle enfrente.
- De
nada – responde en el mismo tono. Y pienso que debo seguir andando, que debo
reaccionar, yo iba a algún sitio antes de cruzarme con él. Pero no puedo
moverme. Él tampoco se mueve, no sé si porque está esperando a ver qué hago yo
o porque no quiere. ¿Qué coño…? Parece que mi cerebro se ha quedado en modo de
espera. Le observo de nuevo. Va muy guapo como siempre. Con sus pantalones
vaqueros que le caen sutilmente a la altura de las caderas. Su camisa azul de
lino, con algunos botones sin abrochar y su americana. Hace demasiado calor
para llevar americana. ¿O yo soy la única que se está derritiendo? - ¿Quieres
un café? – sus palabras rompen el silencio y solo ahí vuelvo a la realidad,
vuelvo al calor no muy pegajoso de principios de junio y a mí dolor de barriga.
- ¿No
hace demasiado calor para un café? – parece que estaba rechazando su
proposición.
- Son
las cuatro de la tarde, hora del café – musita un poco ofendido, como
defendiendo sus palabras. Para la gente que le gusta el café, siempre es la
hora del café. Yo asiento tímidamente porque no creo que nada coherente salga
de mi boca. El dolor y la incredulidad me tienen enmudecida. En general, soy
chica de pocas palabras.
Dando
pocos pasos, en silencio, entramos en un bar. Aunque él tiene dibujada en la
cara una extraña mueca de diversión. Algo le hace gracia. Ese bar. Siempre me
había imaginado con él en un bar así. Con largos sillones y rincones apartados.
Muy íntimo, con poca luz. Recogido.
- ¿Qué
te apetece? – me pregunta, volviéndome de nuevo a él. A ti, me gustaría haber
dicho.
- Una
manzanilla – recuerdo que es lo mejor para mi estómago adolorido.
- ¿No
hace demasiado calor para una manzanilla? – repite mis palabras alzando una
ceja, casi burlándose. Pero casi sonriendo.
- Me duele
el estómago. Supongo que eso me calmará - me señala un sillón y yo me siento.
La ventana que hay a mi derecha deja ver el devenir de la gente a través de las
atoradas calles de la cuidad en una calurosa tarde de pre-verano. Me sigo
preguntado a dónde iba yo. Sigo sin recordarlo. Y me pierdo en el paisaje que
se ve a través de las personas. Quizás estoy buscando una excusa para evadirme
o quizás para volver de la evasión. Sea como fuere, él me distrae haciéndome volver
al mundo real. Se sienta a mi lado, no enfrente. A mi lado. El sillón tiene las
patas altas y mis pies casi no rozan el suelo. Él parece no tener problemas, es
más, diría que disfruta del tacto del terciopelo verde. Pronto el camarero nos
trae el pedido: manzanilla y café con leche.
Creo
que sigo sin reaccionar y ambos sin decir nada. Es una situación muy extraña
pero no incómoda. No sé porqué no es uno de esos silencios incómodos como el que
hay en los ascensores. Sólo estamos callados. Él me señala la taza con la
manzanilla y yo me lo pienso dos veces antes de beber. Humea.
- Odio
el café – digo. “Sugerente revelación” escupe mi mente con sarcasmo – El café
solo sirve para aparentar que los bohemios son escritores. Solo lo hace más
poético
- Los
escritores no componen sus obras en noches de insomnio bebiendo manzanilla. – “solo
tú” parecían decir sus ojos cuando me miraron, a través de la taza blanca
mientras daba un sorbo de café.
- Solo sirve
para aparentar – yo desvío la mirada. No me gusta lo que veo en sus ojos. Bueno
sí me gusta porque veo los míos. Es una mirada que me atraviesa.
- Me
siento tentando a preguntar por qué pero no a conocer la respuesta. A mí me
gusta el café. Está rico. Todo lo demás es un mito.
-
Entonces nunca serás escritor - cojo su taza, medio llena, nunca medio vacía.
Ya no me duele el estómago ¿será por él o por la manzanilla? Será por él.
Todavía no he bebido nada. Inspiro. El olor a café un tanto dulce me embriaga.
Me gusta como huele pero odio el café.
- Yo ya
no podré ser escritor porque desde que te conocí no he tenido noches en vela. En
todas sueño contigo y luego cuando me levanto escribo.
- No
bromees. No puedes soñar conmigo. No me conoces – me río pero la risa no llega
a mis ojos. Casi, ni a mi boca. Solo lo hago para relajar un poco la tensión.
No me esperaba aquella última confesión. Y no me la creo.
- No,
pero sueño. Imagino conocerte. Como serás más allá de las cuatro paredes donde
nos conocimos – se inclina para recuperar su taza, desprendiendo el dulce aroma
del café por todo el ambiente. Yo me bebo de un trago la mía, que ya no quema.
- ¿Soy
tu musa? – pregunto al cabo de un rato.
- Eres
mi musa de manzanilla. – alarga su mano hacia mí y con dedo delinea el contorno
de una de las golondrinas del vestido. Toca mi pierna. Quizás es un contacto
inocente pero viniendo de él me quema. Nos quedamos en silencio y pasan los
minutos
- ¿Cómo
es imaginar conocerme? – él suspira y me mira extrañado. No esperaba esa
pregunta.
- Es
asfixiante, agobiante, agotador. Eres un sinfín de posibilidades, de variantes
donde se enfrentan lo que quiero que seas con lo que en verdad eres.
- ¿Y
qué quieres que sea? – tengo la boca seca y casi no me doy cuenta de que hablo
entre susurros. Poco audibles para nadie que no esté a menos veinte centímetros
de mí. Como está él. ¿Cuándo nos hemos acercado tanto? El café y la manzanilla
hace tiempo que se han extinguido, pero todavía huele a dulce.
- Mía –
no ha dicho eso. No ha podido decirlo. Tan cerca como estamos y evito mirarle.
Sonrojada. Y sigo teniendo calor. Pero ya no me duele nada. Solo parezco flotar
un poco. El papel de flores beige pegado de las paredes del bar, parece
esfumarse. Una extraña y compleja melodía de piano deja de sonar. Mis sentidos,
receptivos, comienzan a palpar el ambiente. Le siento muy cerca, casi
torturándome porque no está tan cerca como quisiera. Lo noto porque me invade
su calor. No es como el calor de la calle. Es más suave. Me envuelve. Él huele
a café y no me importa. Oigo su respiración muy tranquila, al contrario que la
mía que poco a poco se vuelve irregular. Y casi puedo oír mi pulso, alterado,
rebotar contra mi cuello. ¿Él lo oiría? Pone una mano debajo de mi barbilla,
alzando mi cabeza para que pueda encontrar sus ojos. Quiere que le mire, pero
yo no estoy segura de lo que puede encontrar en mis ojos. Ni lo que quiero que
encuentre. Cada parte de mi cuerpo que ha tocado, está ardiendo. La pierna, la
cara, la mano pegada a su mano. Moriré por combustión espontánea como siga así.
¿Por qué está haciendo esto?
Como
impulsada por un resorte me levanto, poniendo distancia. Él me mira extrañado,
dolido. Compungido. No soporto tanta tensión visual.
- Me
gustaría leerte la mente – digo, sentándome de nuevo, en la otra punta del
sillón, alejada. Miro por la ventana, con aire ausente.
- Sólo
te vas a encontrar a ti – contesta como si fuera la cosa más obvia del mundo –
o por lo menos lo que he imaginado de ti. Sin embargo, yo sí que quiero saber
qué estás pensando.
-
Estaba pensando… - sueno bastante más ausente que antes - ¿a dónde tenía que ir
yo antes de encontrarme contigo? – quizás la pregunta iba sólo para mí. Él se
movió, y yo volví en mí. Me rodeó la cintura con el brazo, abrazándome por
detrás. Pegó su pecho a mi espalda y los labios a mi cabeza. Me dio un beso
tierno, sobreprotector. Me habló suave y quedo al oído.
- Los
grandes escritores insomnes por el café podrían hablar largo y tendido de eso –
los susurros hacían su voz más etérea, difícil de atrapar, sus labios me
rozaban el cuello provocándome miles de escalofríos – pero te diré lo que
Cortázar pensaba al respecto. – me intenté dar la vuelta para mirarle pero él
no me dejó, es más me aferró más contra sí, en un abrazo urgente. Estaba
expectante. Veía nuestro reflejo en el cristal de la ventana. Y me maravillaba
de los bien que encajábamos abrazados.
- ¿Qué
decía?
- Andábamos
sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos.
jueves, 13 de junio de 2013
El momento previo (en general)
Consejos de vida II
¿Qué es tener 20 años?
Llevar vaqueros rotos, escuchar a Bruce muy alto, beber cerveza bien fría... y que no te importe que sea así.domingo, 9 de junio de 2013
Al margen de los existencialismos
10 formas de vivir:
Consejos de una desesperada
Con demonios o sin ellos. A
veces es necesario elegir la opción menos incorrecta. Enfrentarse uno por uno a
esos demonios o aprender a convivir con ellos. Dedicado a… no sé, debería
dedicármelo a mí misma a ver qué pasa.
Forma número uno: No se puede vivir tan apartado del
mundo emocional exterior, cerrarse no es una posibilidad. Aunque en un primer
momento nos sea la mejor opción.
Solución: Busca la llave a ese
candado/cerradura. ¿No hay explosivos plásticos que abren candados y
cerraduras?
Forma número dos: Contención verbal, contingencia
emocional. Solo es una vorágine de sensaciones perfecta y apretadísimamente
ordenadas en una maleta a punto de salir. El más mínimo indicio de movimiento
la hará estallar en mil pedazos y reventar los límites de la solidez de la
conciencia humana. Solución: No llenes tanto la maleta y racionaliza tu dolor.
Expulsarlo en medida estándar no es lo mismo que hacerlo en cantidades
industriales.
Forma número tres: Defensas mentales y leucocitos
anímicos. Suplemento de hierro en vena. ¿No habéis visto nunca ‘Erase una vez
el cuerpo humano’? Alerta roja contra la
capacidad de autodestrucción metafísica.
Solución: una buena dosis de hu(a)mor
negro. Resultados obtenidos hasta el momento… Cero.
Forma número cuatro: Déficit de cariño.
Solución: no
sé, pero vivir rodeada de 80 gatos no entra dentro de mis expectativas.
Forma número cinco: Teorías existenciales a la hora
del desayuno. Nadie sabe hacia dónde vamos ni para qué estamos aquí. La mayoría
de la gente no sabe ni qué va a hacer para comer mañana, así que no es bueno
andar preocupándose de problemas vitales con el estómago vacío.
Solución:
Cómete los problema (con patatas) que tengan solución y los que no, simplemente
hazlos a un lado (como yo con las espinacas). Todo está en la pirámide alimenticia-vital-emocional.
Forma número seis: “Remember to let her into your heart, then you can start to make it
better […] Don't carry the world upon your shoulders” canta ‘Hey, jude’. No
importan las caídas, no importan las presiones, no importan los erros, los
desaciertos, las malas decisiones.
Solución: Levántate, sacúdete el polvo del
camino y vuelve a empezar de nuevo. And again.
Forma número siete: Lugares
peligrosos, terrenos inexplorados. Por donde siempre nos paseamos tú y yo hay cosas que decir. Ese tan
temido “tú y yo”.
Solución: no sé. A veces no saber –o no querer saber- es la
mejor solución. O la única de la que dispongo.
Forma número ocho: Horas, minutos, segundos. El
tiempo es la mejor distancia. El momento exacto en el que te animas y despegas
de los abismos de tu encierro voluntario.
Solución: Tacha los días del
calendario que sonrías porque serán los que más vivas. Esa es una X que todos
deberíamos marcar.
Forma número nueve: Control inútil. Nunca te quedes
inmóvil, quieto, parado, absorto, perdido, vagando entre tus propias
cavilaciones. Rara vez pensar de más ha servido para tomar el control de algo.
Solución: descontrola la situación, sé la parte activa y pasiva de tus propias decisiones.
Forma número diez: Y cuando estés dispuesto a
volver, allí estaré yo. Donde siempre solíamos olvidarnos.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)